Por motivos de trabajo, tuve que trasladarme al sur del país durante un mes. Tuve que trabajar mucho durante ese mes, tenía muy poco tiempo libre. Así que me dedicaba a descansar y a chatear con mis amigos y familia.
Un día por casualidad, chateando, conocí a un chico muy simpático. Me contó que tenía pareja, pero que estaba de viaje de trabajo. Hicimos buenas migas.
Hablando de nosotros me comentó que tenía un amigo que vivía cerca de mi ciudad, empezó a hablarme de él por si nos conocíamos. Pero no dio esa casualidad.
Volví a mi casa, pero mantuvimos el contacto.
Me dio el correo de su amigo, pero no hice caso.
Al ver que no le había agregado, le dio a él mi dirección.
Comenzamos a hablar. De entrada parecía un chico serio. Era más joven que yo. Estaba en el último año de carrera.
Estuvimos hablando durante una semana. La compenetración fue casi instantánea. Teníamos gustos e intereses en común. Compartíamos una misma visión de la vida, del amor, del trabajo, de la familia.
No quería tomármelo en serio. Tenía tan mala suerte en estas cosas, que por qué iba a ser diferente esta vez.
Nos dimos los números de teléfono. Nos mandábamos mensajes constantemente.
No quería pero estaba cayendo.
Un domingo decidimos conocernos. Estaba totalmente desquiciada, nerviosa a más no poder. El primer contacto fue un poco frío. Se notaba el nerviosismo por parte de ambos.
Fuimos a la playa, el mejor sitio para estar tranquilos, charlar, pasear, mientras tomábamos el aire.
Llegamos hasta el faro. Nos sentamos a ver como las olas rompían contra las rocas. Soplaba una brisa fresca. Era un paisaje perfecto. Hubo un intento de acercamiento por su parte pero como siempre me pudo la vergüenza.
Con el coche fuimos camino a una cala cercana. Estuvimos paseando y me dio la mano. Sentí un revolotear de mariposas en el estómago, y un escalofrío me recorrió haciéndome estremecer. Sensaciones nuevas para mí.
Me mostró un camino hacia una parte alta desde la que se podía contemplar toda la cala. Allí agarrados de la mano, me dio un pequeño beso en los labios. Sólo uno.
Fue entonces cuando decidí que no iba a estar siempre de brazos cruzados, que si quería ser feliz debería de luchar por ello. Lo atraje hacia mí, lo miré a los ojos y lo besé. Fue un beso largo, de pasión contenida. Un beso de amor.
Nos despedimos por ese día, aunque al llegar a casa seguimos hablando. Parecía que todo iba bien. Me dijo que quería estar conmigo, que le encantaba.
Me tomé las cosas con mucha calma. No quería estropear nada ni hacerme ilusiones precipitadas, pero él insistía. Me dijo que me amaba. Que en cuanto me vio lo supo. Que yo era lo que él siempre había buscado.
Y yo lo amé con tanta fuerza que pensé que el corazón no podría soportarlo.
Por suerte, todo ha salido bien. Llevamos juntos casi seis meses, en los que hemos pasado todo el tiempo posible conociéndonos, dándonos cariño, amándonos.
Estamos enamorados. Tenemos planes de futuro. Formaremos una familia.
Soy tan feliz.
Ahora sí que creo en el verdadero amor, en el amor de por vida.